El Efecto Pigmalión o profecía autocumplida

¡Buenas! ¿Qué tal? Hoy os traemos un tema de enorme importancia: el efecto pigmalión. Seguramente habrás escuchado hablar de él. Pero, ¿realmente sabes en qué consiste?, ¿conoces pautas específicas para contribuir a que este inevitable hecho afecte de forma positiva a tus niños/as? Esperamos que este post os ayude si todavía tenéis dudas al respecto, o simplemente os sirva para refrescar algunas ideas. 

Así pues, todos, querámoslo o no, tenemos una influencia, positiva o negativa, en aquellos con quienes convivimos. Esto es especialmente importante en el caso de los niños/as, para quienes los adultos solemos ser figuras significativas por excelencia. Es el efecto Pigmalión: cuando nos relacionamos con una persona, le comunicamos las esperanzas que abrigamos acerca de ella, las cuales pueden convertirse en realidad; las expectativas que una persona concibe sobre el comportamiento de otra pueden convertirse en una "profecía autocumplida". Los adultos son para los niños espejos psicológicos a partir de los cuales ellos van construyendo su propia imagen. Desde que nace, el niño/a se mira en sus cuidadores principales y va aprendiendo lo que vale por lo que siente que ellos le valoran. Si tú crees de verdad que tu hijo es "más torpe que los demás" y que "no tiene iniciativa", le comunicarás, aún sin pretenderlo, estas expectativas negativas a través de tus gestos y de tus palabras. No te extrañe, pues, que acabe comportándose torpe y sin maña. Por el contrario, si confías en él y estás convencido de que puede crecer y mejorar, tu "espejo" le infundirá confianza y seguridad en sí mismo, y él asimilará positivamente tu mensaje: "Puedes hacerlo si lo intentas seriamente... Verás cómo lo consigues". Aprenderá a confiar en sus propios recursos y en sí mismo.

Factores que contribuyen decisivamente a la formación de la autoestima positiva o negativa de un niño/a:

·    El primero en importancia es el LENGUAJE CORPORAL, NO VERBAL, con que le "hablan" y se comunican con él quienes le rodean. Es el lenguaje de las miradas, de las caricias, del tono de la voz... y también de los silencios, las caras largas, las ausencias, los gritos, los golpes...

·   Otro factor importante en el desarrollo de la autoestima es la propia EXPERIENCIA DEL NIÑO. Se trata de que el niño vaya descubriendo y "conquistando", con su propio esfuerzo y en la medida de sus posibilidades, el mundo que le rodea. Conviene no hacer por él lo que él ya es capaz de hacer. Conviene, en suma, enseñarle a valerse por sí mismo, para que vaya tomando conciencia de sus recursos y aprenda a valorarse. Los familias que desean que sus niños aprendan a descubrir sus propios recursos y confiar en sí mismos, conviene que se pregunten a menudo: ¿Qué puede hacer ya él o ella sin mi ayuda?; y deben animarles a que lo hagan y, en lugar de prohibiciones, ofrecerles oportunidades para que actúen por cuenta propia.

·    La PALABRA es un tercer factor que influye poderosamente en la autoestima de nuestros niños. No basta con quererles y estar satisfechos con ellos; hay que decírselo claramente, para que ellos se sientan realmente queridos y apreciados. Las palabras son armas de dos filos: pueden reforzar o debilitar la autoestima del niño, según sean el contenido, el tono de voz y el gesto que las acompañen. La corrección (y las sanciones apropiadas) forma parte normal y saludable de la educación de los niños. Pero, para que sea constructiva y duradera, en lugar de destructiva y efímera, conviene aprender a corregir comportamientos concretos sin descalificar globalmente a la persona del muchacho. Jamás debemos utilizar epítetos denigratorios o descalificadores de la persona cuando nos dirijamos a los niños. La descalificación personal fomenta el sentimiento de culpa que constituye el núcleo de una baja autoestima... y de muchos desórdenes psíquicos. En la relación padre/madre-hijo/a, debemos utilizar con sumo cuidado la reprensión, desterrar las descalificaciones e incrementar, sin excesivo temor a propasarse, "las caricias verbales", las palabras amables, laudatorias y alentadoras.

·    Por encima de todo, tratemos de mantener la COHERENCIA entre nuestras palabras y los gestos no verbales que las acompañan; entre nuestras recomendaciones verbales y nuestros comportamientos reales.


Algunas pautas a seguir:

·    No basta con querer a nuestros hijos; es necesario que ellos se sientan queridos y valorados. Hay, pues, que expresárselo, verbal y no verbalmente, con claridad meridiana. Si hacen algo bien, hay que reconocérselo y animarles. Si hacen algo mal, también hay que decírselo (pues la mentira es enemiga de una autoimagen sanamente positiva), corrigiendo sus fallos serenamente y sin descalificar a su persona (no confundir un error puntual con una característica de la personalidad). Nuestras críticas deben ser constructivas.

·    Debemos esperar de nuestros niños lo mejor que puedan de sí; creer de veras en su capacidad para el bien y la verdad; proponerles metas elevadas, para que tengan que esforzarse y descubran su capacidad de mayor rendimiento, pero también accesibles a sus posibilidades reales, y respetando su ritmo de maduración, para que no se desanimen; proporcionarles oportunidades de que, con sus talentos y habilidades, puedan experimentar el éxito.

·    No abrumar al niño con alabanzas desmesuradas e infundadas, que pueden hacerle creer que es un ser superior y propiciar una dependencia de la aprobación de los demás. Esa hipervaloración y esa dependencia le dejan indefenso ante la crítica y la desaprobación que, tarde o temprano, encontrarán fuera del ámbito familiar.

·    No proyectemos en los niños nuestros propios temores y experiencias negativas, pues hay que intentar que este no se vea "predestinado" a curar nuestras frustraciones o a cumplir nuestras esperanzas. Debemos aceptar a nuestros hijos con sus ideas y actitudes y dejarle tener las experiencias a él. Analicemos nuestros propias ideas y temores y reflexionemos si hay alguna que pueda ser "irracional", fruto de alguna experiencia dolorosa que el muchacho no tiene por qué pasar. Esa idea es la que no tenemos derecho a intentar "colar" a nuestro niño sin que él nos lo haya pedido ni sus experiencias nos lo hayan hecho necesario transmitir. Sí podemos darle consejos o contarle nuestras experiencias, pero nunca de forma categórica ni estableciendo reglas ("todo el mundo es así", "nadie te va a ayudar", "no te fíes de nadie", etc.).

·    Esforzarnos en crear en nuestro hogar un ambiente caracterizado por:

- LIBERTAD de equivocarse, para que aprendan a tomar decisiones por su cuenta, sin miedo a que les rechacen o les humillen. Al niño hay que darle oportunidad de que manifieste su capacidad de decisión, su posibilidad de equivocarse, su riesgo a errar en sus criterios, porque sólo eso le llevará a la madurez. Hay que admitir la competencia del niño mientras no demuestre lo contrario.

- DISCIPLINA, porque los menores educados en un entorno excesivamente permisivo suelen tener menos autoestima que los formados en un entorno razonablemente estructurado, firme, exigente y, a la vez, cordial.

- RESPETO visceral hacia el niño, porque, si le tratamos con verdadero respeto, su autorespeto aumentará, y él aprenderá a respetar a los demás. Ello supone que nunca se hable en lugar del menor, se le suplante en decisiones que puede tomar por sí mismo, se imponga lo que ha de hacer, decir o pensar, o se invada el campo de lo que ha de hacer el niño. 

- ACEPTACIÓN de los aspectos positivos y negativos propios y de los demás.



Para finalizar, os dejamos un vídeo muy inspirador en relación al tema del que venimos hablando.





¿Conocías el Efecto Pigmalión? ¿habías oído hablar de él? ¿qué haces tú para contribuir a la formación de una autoestima positiva en los/as niños/as de tu entorno? No dudes en dejarnos un comentario respondiendo a cualquiera de estas cuestiones o planteándonos cualquier duda. 

¡Que paséis una muy feliz semana!


Comentarios