Los conflictos en la adolescencia

¡Buenas! ¿Cómo va la semana? Hoy venimos a hablaros sobre la adolescencia, una etapa más que como padres/madres y educadores/as debemos aprender a sobrellevar de la mejor forma posible para todos. Como bien sabemos, la adolescencia es un periodo de transición desde la infancia hasta la edad adulta que se caracteriza por importantes cambios físicos, psicológicos y sociales. Este etapa del desarrollo es generalmente definida como un momento difícil y complejo donde se produce un incremento de los conflictos familiares. Pero…

¿Sabías que los conflictos entre padres e hijos adolescentes no son malos?

Según algunos estudios realizados en un grupo de 100 adolescentes desde los 13 hasta los 23 años, se ha confirmado que aquellos adolescentes que declararon tener más conflictos con sus padres a los 13 años fueron quienes mostraron un mejor ajuste psicológico al final de la adolescencia. Lo que viene a indicar que los conflictos y discusiones de las etapas iniciales de la adolescencia son necesarios para la maduración.

Los conflictos y discusiones se consideran como elementos positivos ya que pueden ser una forma de acelerar el establecimiento de identidad personal. Si no existiese el conflicto, los padres tenderían a seguir tratando al adolescente como lo hacían cuando era un niño, lo que supondría un obstáculo para la adquisición progresiva de mayores niveles de autonomía.





¿Por qué se incrementan los conflictos familiares en la adolescencia?

Algunos de los factores que influyen en un mayor número de conflictos en esta etapa evolutiva son:

• Los cambios hormonales. Suelen tener consecuencias sobre los estados emocionales del adolescente y repercuten de forma negativa en las relaciones con los que les rodean. Además, los comienzos de la actividad sexual puede inclinar a muchos padres a ser más restrictivos y controladores con respecto a las salidas y amistades de su hijo/a adolescente, en un momento en el que estos buscan una mayor autonomía, con lo que los enfrentamientos serán más frecuentes.

• Los cambios cognitivos y la aparición del pensamiento operativo formal permite al adolescente razonar sobre situaciones posibles o hipotéticas, y darse cuenta de que la realidad es sólo una pequeña parte de lo posible. Los niños y niñas más pequeños tienden a pensar que las cosas no pueden ser de forma diferente a como son y, en cambio, a partir de la adolescencia van a desarrollar una mejor comprensión de las ideas sociales y políticas, y serán capaces de pensar que la sociedad podría ser diferente, y por tanto, se podría cambiar.

Este cambio cognitivo les permite mostrarse más críticos con las normas y regulaciones familiares y escolares (por qué tienen que ser así, por qué no puede ser de otra manera más justa) y más rebeldes con las personas adultas más cercanas que les obligan a cumplir esas normas (padres y profesores), lo que en muchos casos puede ser una fuente inagotable de conflictos. Además, estas nuevas capacidades intelectuales permiten emplear en sus discusiones argumentos cada vez más sólidos y convincentes, lo que puede pillar por sorpresa a muchos padres y generarles mucha irritación y pérdida de control. El adolescente va a requerir que se tengan en cuentan sus opiniones y rechazará las imposiciones unilaterales por parte de los adultos que no son razonadas y justificadas.

• El aumento del tiempo que pasan con el grupo de iguales va a permitir al adolescente una mayor experiencia en relaciones igualitarias y toma de decisiones compartidas, lo que les llevara a desear un tipo de relación similar en su familia. En algunas ocasiones, esto puede no ser bien aceptado por parte de los padres por el temor a perder autoridad.

• La independencia o autonomía personal se constituye como un logro evolutivo de la adolescencia. Para que los adolescentes vayan ganando autonomía personal es necesario que al mismo tiempo se produzca una desvinculación emocional de los padres. Este proceso de desvinculación resulta más fácil si se buscan defectos a los mismos, produciéndose así una desidealización tanto del padre como de la madre. De este modo, la imagen de perfección propia de la infancia es sustituida por una más realista.

Esta desvinculación tan necesaria para que pueda crear otros vínculos propios de la edad adulta representa una señal de madurez emocional y por tanto, las “críticas” recibidas por parte de los adolescentes deben ser consideradas como un indicador madurativo y no como ataques personales (al igual que cuando los niños pequeños ven a sus padres como “supermadres o superpadres” sabemos que no se corresponde con la realidad sino con la visión propia infantil, en los adolescentes los padres se ven con defectos magnificados por su propia visión adolescente).

• La crisis de la mitad de la vida. Aunque las trasformaciones en relación a los adolescentes son las más relevantes, los progenitores también están sujetos a cambios, y la pubertad de los hijos suele coincidir con la etapa de los 40-45 años de los padres. Este periodo, que algunos autores han etiquetado como “crisis de la mitad de la vida”, ha sido considerado como un momento difícil y de cambios significativos para muchos adultos, lo que podría suponer una dificultad añadida a las relaciones entre padres e hijos durante la adolescencia.

Según estas características, donde la más relevante es la mayor autonomía e independencia física/psicológica del hijo que se ha de producir de forma progresiva como indicador de madurez y ajuste psicosocial, los conflictos se verán favorecidos si no se producen cambios sustanciales en las prácticas educativas parentales. Esto implica un replanteamiento del rol parental por parte de los padres de modo que se compaginen las necesidades de autonomía del adolescente con la función de control que se debe seguir ejerciendo ¿Cómo relacionar independencia y control? ¿Hasta cuándo y cómo deben los padres utilizar las estrategias utilizadas en la infancia referidas al establecimiento de normas y límites, aplicación de sanciones o monitorización o conocimiento de las actividades que realizan los hijos?

Diversos estudios han llegado a la conclusión de que tan perjudicial es la carencia de control como el exceso de control y, aunque el control como práctica educativa parental con adolescentes es un tema muy controvertido parece recomendable que los padres se mantengan informados sobre las actividades, amistades y paraderos de los hijos y que la mejor fórmula para conseguir esa información es manteniendo una relación cercana, comunicativa y de confianza con los adolescentes.

Durante la infancia y la adolescencia temprana resultan adecuadas las estrategias activas de control (llamar directamente a las madres de los compañeros, ir a verlos al parque, supervisión y monitorización de las tareas escolares o domésticas…) de forma que se proporcione a los hijos una guía de comportamientos y se permita una interiorización de las normas para, posteriormente y a medida que transcurra la adolescencia ir eliminándolas para dar paso a una relación más igualitaria que otorgue al adolescente más libertad y autonomía (seguir indagando con quien o a donde va, sí cumple o no con sus obligaciones... pero desde la confianza). Sólo en casos especiales, como cuando se trata de adolescentes inmaduros, entidades clínicas diagnosticadas o que tienen relaciones con grupos antisociales, tendría sentido mantener un control más estricto.

En el control parental hay que tener cuidado de no utilizar nunca estrategias de control psicológico como la inducción de culpa (“tengo una jaqueca horrorosa porque ayer llegaste a casa muy tarde y cuando me preocupo siempre me da la jaqueca”), los chantajes emocionales (“si me quisieses o te preocupases por mi como yo lo he hecho todos estos años no…”) o la retirada de afecto, ya que estos pueden causar problemas emocionales y comportamentales en el adolescente.

En definitiva, la mejor forma de contribuir al adecuado desarrollo y bienestar de los adolescentes consistiría en compatibilizar el establecimiento de límites y el fomento de la autonomía. Esto supone para los padres un gran esfuerzo y, en muchas ocasiones, un replanteamiento de sus pautas educativas ya que, por una parte deben seguir manteniendo un control y unas normas sobre los adolescentes pero por otra deben estimular su independencia.

A continuación os dejamos un video totalmente recomendable acerca del cerebro de los adolescentes que pensamos que puede complementar muy bien lo que acabáis de leer. 




Esperamos que este post os haya ayudado a comprender mejor algunas de las conductas de los/as adolescentes y a tener algunas pautas para afrontar de la mejor forma posible esta etapa que puede llegar a resultar algo complicada para todos. Y recordad, si tenéis cualquier duda, no dudéis en dejarnos un comentario o contactar con nosotras directamente. ¡Gracias por leernos!.

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